La noche en que asistí al Concierto de Pasión del Coro Tomás Luis de Victoria en la Universidad Pontificia de Salamanca fue una de esas experiencias que dejan huella. Desde que entré en la majestuosa iglesia de La Clerecía, supe que estaba a punto de vivir algo especial. Había un murmullo expectante entre el público y, al alzar la vista, la tenue iluminación resaltaba la grandeza de aquel espacio que, por unos instantes, parecía suspendido en el tiempo.
El concierto comenzó a las 20:00 horas, con la dirección de Francisco José Udadondo Puerto y el acompañamiento de la subdirectora y pianista, Elena Blanco Rivas. Desde la primera nota, sentí cómo la música sacra llenaba cada rincón de la iglesia, envolviéndonos en una atmósfera de solemnidad y belleza. No solo se trataba de una interpretación técnica impecable, sino de una ejecución que transmitía emoción y respeto por la tradición.
Mientras escuchaba piezas de Tomás Luis de Victoria, Arvo Pärt, Gustav Holst, Bruckner y Claudio Monteverdi, no pude evitar reflexionar sobre el papel de la cultura en la universidad. A menudo, cuando pensamos en la formación académica, nos limitamos a lo estrictamente curricular, dejando de lado la importancia de las expresiones artísticas en el desarrollo integral de los estudiantes. Sin embargo, aquella noche quedó demostrado que la música no solo complementa la educación, sino que la enriquece, aportando sensibilidad, identidad y comunidad.
Eventos como este no solo fortalecen la identidad universitaria, sino que también abren las puertas de la institución a la ciudad. Me sorprendió ver cómo personas de todas las edades y perfiles compartían conmigo aquella vivencia, conectando con la historia y la espiritualidad a través del arte. La entrada gratuita y la elección de un repertorio de calidad invitaban a todos a formar parte de una tradición que trascendía lo académico.
Al salir de La Clerecía, con el eco del último acorde aún resonando en mi interior, me reafirmé en la idea de que la cultura no podía ser un simple adorno dentro del ámbito universitario. Debía ser un pilar esencial, un espacio de encuentro que nos permitiera crecer no solo como profesionales, sino como seres humanos.
El Concierto de Pasión del Coro de la Pontificia no fue solo un evento musical; fue una prueba de que la universidad es más que aulas y exámenes. Es un lugar donde la música, la literatura y las artes deben ocupar un lugar prioritario, porque sin cultura, la educación queda incompleta. Y yo, aquella noche, fui testigo de ello.
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